13 septiembre 2009

Las cosas pequeñas




(Viñetas de la historieta Las cosas pequeñas, escrito y dibujado por David Rubín, en el libro Nuestra Guerra Civil, Ariadna Editorial, 2006, p 56)

Las cosas pequeñas, una historieta de David Rubín, nos emociona sin recurrir al dramatismo porque, en el caso de su abuelo -a quien decide entrevistar sobre sus recuerdos durante la guerra civil-, las escenas que quedaron grabadas en la memoria son eróticas, tiernas, duras, fotogramas de un film de supervivencia formado por anécdotas de gran calidad humana pero sin pesadumbre, fluidas, con la ligereza que permite el paso del tiempo y el amor a la vida. Estos “pequeños” flashes que quedan almacenados en algún lugar del cerebro, en cada célula del cuerpo, me hacen pensar en la caprichosa naturaleza selectiva de nuestra memoria. Caprichosa, porque suelen quedarnos grabadas imágenes ligadas a los afectos cuya importancia, a simple vista, puede resultar mínima dado su carácter subjetivo, menospreciado ante la relevancia que otorga la Historia a los ‘hechos objetivos’. Sin embargo, este carácter caprichoso de la memoria me parece rico y fértil en cuanto a lo que puede revelar sobre lo significativo en el ser humano. Pienso en el escritor Marcel Proust y en la larga serie de libros que forman “En busca del tiempo perdido”. Su admirable capacidad para analizar al detalle el origen de las imágenes que permanecen en su memoria -cuestión que le lleva a ofrecernos numerosas escenas anecdóticas que describen los modos de pensar, actuar y relacionarse de una época- nos ofrece descripciones de escenas domésticas que, indirectamente, están involucradas en la escena principal que él, después de numerosos rodeos, nos presenta como núcleo central de la imagen memorística de sus afectos. Traigo aquí a Proust porque me hace valorar cuánto pueden dar de sí las anécdotas a pesar de la superficialidad y la ligereza que solemos atribuirle, igual que en esta historieta, donde las anécdotas están cargadas de mucho cariño y gran calidez afectiva:

“En lo que duró su relato, no dejaba de sorprenderme el modo en como mi abuelo abordaba los acontecimientos y anécdotas que me estaba regalando, no recordaba fechas pero sí lugares, nombres y apellidos a la perfección. No me habló ni de una sola hazaña bélica, ni de muerte, ni de miseria o miedo. De cierto tuvo que lidiar con ellas pero era como si consiguiera apartarlas, hablando tan sólo de anécdotas humanas, de amistades, de aventuras, de la gente ajena a la guerra con la que se fue topando en sus casi seis años de servicio militar. Como quien recuerda su época de estudiante, sus correrías de juventud, así habla mi abuelo de la guerra, así relata un hombre al que poco le importan los bandos o los porqués de una guerra, que se vio obligado a combatir sin ni si quiera saber el sentido del combate. Un hombre que incluso bajo el fuego de un país enfrentado no dejó que ideologías o mandos cambiaran su forma de ser y sentir, sus ganas de ayudar a los demás, su amor por cultivar terrenos de frutos y flores, por darle importancia a las cosas pequeñas y hermosas que conforman una vida


David Rubín, en la historieta Las cosas pequeñas, de la obra colectiva Nuestra Guerra Civil, Ariadna Editorial, 2006, p 59.